UN PROFUNDO EXAMEN DE CONCIENCIA

   

uando concluya la hecatombe producida por “El Niño”, junto con el recuento de todo lo perdido, las autoridades, la comunidad científica y quienes anhelan el desarrollo del país, están en la obligación de hacer un profundo examen de conciencia para definir lo que se hizo mal en los últimos episodios de este Fenómeno, lo que se hizo regular o bien y lo que debe hacerse ahora.

Treinta millones de peruanos no queremos vivir más esta angustiante experiencia de ver a compatriotas arrastrados por los huaicos, con sus casas, autos, motos, buses, y hasta sus animales, devorados por ríos de lodo, o aislados sobre los techos clamando por agua, alimentos, abrigo, medicinas y un lugar seguro para protegerse.

Se han perdido 40,261 hectáreas de tierras cultivadas, 4,563 kilómetros de canales de riego, 13,565 Km. de carreteras y 9,957 Km. de caminos rurales. Son los agricultores, los ganaderos y los habitantes rurales los más golpeados.

La suma de desastres irá creciendo mientras continúen las lluvias pronosticadas hasta el mes de abril para el norte del país, y se amplíe en la zona altoandina el friaje y las nevadas que ahora azotan a las provincias de Espinar y Canas, Cusco, con un manto blanco de 10 centímetros de hielo dejando sin pastos naturales a miles de cabezas de ganado.

El gobierno central junto con las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional y las brigadas de rescatistas, que hasta ahora han hecho un trabajo que merece el agradecimiento de los peruanos por sus esfuerzos para poner a salvo a quienes se encontraban en riesgo y llevar alimentos y medicinas a las zonas afectadas, se ha comprometido en entregar una evaluación completa de los daños en dos semanas, documento clave para iniciar el proceso de reconstrucción.

¿Qué puede empeorar la situación? La mala calidad del agua podría abrir un nuevo frente: las enfermedades contagiosas y mortales (dengue, zika, chikungunya, leptospirosis) a consecuencia de las picaduras de zancudos.

¿Qué hicimos mal?

En otros países vecinos llueve a cántaros, a veces por semanas enteras, pero pasa la lluvia y el agua se escurre por las alcantarillas y en una o dos horas el sol vuelve a brillar y las pistas siguen impecables. Allí está como ejemplo Petrópolis, en las alturas de Río de Janeiro.

Hay ciudades de la costa, como Tumbes, Lambayeque, Chiclayo, Piura, Trujillo, que carecen de sistemas de drenaje para evacuar las aguas hacia el río o hacia el mar. Basta que una acequia se llene de basura para que la ciudad amanezca inundada. Eso tiene que acabar.

Los riesgos no pueden ser asumidos solo por entidades del Estado como INDECI. Corresponde a cada institución ministerial, regional y local, así como a cada empresa, pública y privada, abordar los fenómenos desastrosos como parte de su responsabilidad.

Durante 50 años las ciudades crecieron en forma caótica y ninguna autoridad hizo el análisis de vulnerabilidad. Todas las cuencas hidrográficas, desde la cabecera hasta el delta final, han sido deforestadas y empobrecidas en manos de invasores y traficantes de tierras. Con urgencia debe aplicarse la ley de Ordenamiento Territorial.

La inexistencia de alertas tempranas nos lleva a concluir que tenemos serias limitaciones en la capacidad técnico-científica, para el pronóstico y el conocimiento de los riesgos, de manera que no hay datos confiables ni certificados para orientar las acciones del gobierno en el manejo adecuado de los fenómenos.

La prevención de riesgos debe ser una política de Estado y ella debe estar acompañada con la normatividad aprobada en consenso con la sociedad civil, para impedir que en el país cualquier vecino haga lo que mejor le parece. En la quebrada de San Idelfonso se instalaron una serie de empresas que cerraron el cauce y dejaron a Trujillo a merced de los huaicos.

Mucha gente informal está jugando con fuego en el país confiando en que si algo ocurre el Estado debe asumir la reconstrucción por cuenta de nuestros impuestos o endeudándose en el exterior. Eso tiene que acabar no importa que sea necesario imponer el orden con la Policía o el Ejército.

La cultura de prevención de riesgos debe enseñarse desde los colegios y profundizarse a lo largo de nuestras vidas. Debemos estar perfectamente conscientes que terremotos, tsunamis, incendios, inundaciones, forman parte de nuestra existencia.

Los proyectos de inversión públicas y privadas, de todos los tamaños, deben contemplar en sus estudios los impactos ambientales —aire, tierra, agua, flora, fauna— y los análisis de riesgos para enfrentar fenómenos naturales y antrópicos, generalmente impredecibles.

En el último siglo se han presentado 22 episodios de El Niño, siendo cada vez más intensos y devastadores. ¿Cuánto hemos aprendido de ellos, si como comenta El Dr. Roque Otárola Peñaranda en su columna interior, el que padecemos hoy es calco y copia del diluvio de 1925? Ahora ya sabemos que los ríos, como los elefantes, tienen memoria, y retornan al cauce que nunca debimos ocupar.

Podríamos llorar o maldecir las actuales circunstancias. Pero eso no es de peruanos. Tenemos el orgullo muy alto como para arredrarnos. Y vamos a reconstruir el país, con más fuerza y vigor que en el pasado.

A lo largo de varios milenios, los peruanos hemos conquistado los desiertos, los Andes, las impenetrables selvas amazónica, y aquí hemos construido civilizaciones e imperios, cuando aún otras colectividades de América andaban en taparrabos.

Hace cinco mil años ya existíamos como Estado y no sólo domesticamos frutos y raíces para que el mundo se alimentara, sino animales para que produzcan las fibras más finas y abrigadoras del planeta. Pasarán otros cinco mil años, con calentamiento global o con eras glaciales, y aquí nos encontrarán, trabajando, en este hermoso, complejo y abigarrado lugar-

(Julián Cortez Sánchez)


 

 

   


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