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Culto al agua
Por: Antonio Muñoz Monge |
Imprescindible y cotidiana, el agua tiene en nuestra vida y cultura un valor inmemorial. Lluvias, glaciares, lagos, lagunas, ríos, pozos, represas, acueductos, sistemas de riego, sequías e inundaciones, tienen al agua como gran protagonista.
Tal importancia daban los antiguos peruanos al agua, que llegaron a deificarla como Yacumama o Unumama (Agua Madre, en las dos principales variantes del quechua), como progenitora de la vida, junto con el Taita Inti (Padre Sol) y la Pachamama(Madre Tierra).
Esa deificación se reflejaba en diversos ritos y festividades de gratitud o ruego.
Hoy rescatamos dos ejemplos de este milenario entendimiento entre el hombre andino y el agua: 1) El sistema de riego graficado en la Piedra de Saywite en Apurímac, y 2)La Fiesta del Agua, como ceremonia propiciatoria del recurso, en diversos lugares de la Cordillera de los Andes.
PIEDRA DE SAYWITE
Quienes trasponen la puerta de ingreso al Museo de la Nación en Lima, se encuentran —entrando a la derecha— con un monumento de piedra de más o menos 1.70 metros de alto por dos de ancho. Otro existe en la Av. Camino Real de San Isidro. Estos monolitos son réplicas de la Piedra de Saywite, que mide más del doble que aquéllos y se halla en el distrito de Curahuasi, provincia de Abancay,departamento de Apurímac, a 3,360 metros sobre el nivel del mar.
Se trata de una alegoría lítica instalada sobre un santuario, como parte de un complejo arqueológico de templos, como los de Rumihuasi y Chicana.
Alguna vez se sostuvo que la Piedra de Saywite —casi una pirámide trunca— representaba a la maqueta del Tawantinsuyo, un mapa-síntesis en relieve de la geografía incaica. Luego se dijo que era el ícono del máximo sistema de irrigación inca. Otros especulaban que, más bien, era un lugar de sacrificio, “de modo que la sangre de las víctimas fluía desde la parte superior por sus numerosas canaletas”.
Pero la explicación más lógica provino de la arqueóloga Rebeca Carrión Cachot (Valparaíso 1901-Guatemala 1960): la Piedra de Saywite era —es— una paccha o recipiente ceremonial para culto al agua y la agricultura, con una visión globalizadora. Pues ella contiene más de 200 figuritas talladas en relieve o en bulto, que representan a lagos, lagunas, estanques, ríos, manantiales, cisternas, dioses antropomorfos, otros seres míticos, plantas y monos, entre otros elementos.
Dice la Dra. Carrión Cachot: “Se trata de una original creación de la mente indígena, que ha dejado esculpida y perennizada en esta piedra algunas de sus más notables concepciones religiosas acerca de los problemas del agua y la fertilización de las tierras, y de los seres auspiciadotes de tales fuerzas productoras”.
Sea cual fuese la verdad histórica, lo concreto es que la Piedra de Saywite es un símbolo inmarcesible del valor que los antiguos peruanos daban a la Yacumama.
FIESTA DEL AGUA
Otro reflejo vivo de esa misma cultura es el culto andino al agua y la fertilidad de la tierra, que se reedita —actualmente— en diversos lugares de la sierra rural, con distintos nombres.
Por ejemplo, en los pueblos de Huarochirí, Lima, se llama “Champería” o “Limpia de acequias”; mientras queen los pueblos de Huancavelica, Ayacucho y Apurímac se conoce como “Yarqa Aspiy” o simplemente “Fiesta del Agua”.
Generalmente antes del comienzo de la temporada de lluvias, en esos pagos los campesinos organizados despliegan un nutrido ceremonial durante una semana; primero, para agradecer al cielo por la abundancia de las precipitaciones; segundo, para implorar la llegada oportuna de las nuevas lluvias y la fertilidad de los campos, y, finalmente, para reacondicionar las quebradas, represas, canales y acequias; así como para preparar la recarga de los acuíferos. Todo ello en medio de ritos, ofrendas, faenas, cantos y danzas de variado colorido.
Asimismo, los músicos andinos (arpistas, violinistas, danzantes) buscan las pacchas o cataratas más recónditas para aislarse y concentrarse, al estilo de un retiro religioso. Ahí ayunan y se “limpian” sin comer carne ni sal, para poder encontrar las nuevas melodías con las que competirán durante el año. Melodías que deben “descubrir” o “interpretar” en las vibraciones del aire silente y el susurro de las “pacchas”.
En la cosmoconcepción andina, la “paccha” está simbolizada por el cántaro, con el que se ofrece a los dioses propiciatorios y protectores del sustento humano la más preciada ofrenda líquida del hombre: la chicha, el zumo del maíz germinado y fermentado, o jora. Luego de ello, el cántaro debe colmarse con agua virgen extraída del manantial o la laguna más limpia, que —frecuentemente— es también la Pacarina o lugar sacro donde residían los seres protectores de la vida y de donde surgieron los ancestros de las comunidades actuales.
Todo lo aquí reseñado no sólo entraña un gran simbolismo cultural que debemos preservar y difundir, inclusive con fines turísticos; sino también constituye una lección sobre la forma como todos debemos mirar al agua: fuente de vida, vida misma; no sólo medio de producción y bien de consumo, como la considera la miope “civilización” occidental. |